jueves, 3 de marzo de 2011

Ella y él

Hoy es uno de esos días en los que te dan ganas de ponerte melancólica, es así. La lluvia suele sacar lo mejor y lo peor de nosotros. La lluvia, la lluvia… ¿quién no soñó con un beso bajo una incesante lluvia? O mojarse sin que nada importe…incluso hacer un videoclip, ¿no?
Les voy a contar una historia que comienza así, con la lluvia, y espero saque lo mejor y lo peor de ustedes…o por lo menos los haga pensar.


Tranquila, sí, tranquila. Así era su vida, al igual que ella misma: tranquila. No le gustaban los sobresaltos, no necesitaba a nadie para que su vida tomara otro rumbo…su rutina le era más que suficiente para llevar una vida pacífica y sin tropezones bruscos.
Tenía las mejores amigas que alguien alguna vez podría siquiera desear, y eso la tranquilizaba. Sabía que podía confiar en ellas y eso le hacía bien para tener confianza en sí misma y en los demás, a pesar de lo desconfiada que era. Y si esto fuera poco, a demás de desconfiada era pretensiosa, sí pretensiosa. Siempre buscaba lo mejor, hasta el más mínimo detalle era muy importante para ella. Le pasaba lo mismo con los chicos, o era muy tonto o muy creído, o muy alto o muy flaco, nada la conformaba. Pretendía un príncipe azul de telenovela
-Si no es azul, será verde! – Solía decir furtivamente a sus amigas. Quería a alguien que rompa todos sus esquemas, que sea lindo pero no tanto, ojos claros (preferentemente verdes), sonrisa pronunciada, morocho y bien fornido, sencillo y de buen corazón…y sobretodo cabellero, muuuuuuy caballero. Esa era su lista secreta de requisitos para algún chico…y cómo podrán haberse dado cuenta era una lista bastante difícil de completar.
Un día de lluvia salió a andar en auto, pues amaba pasear en él mirando cómo las gotitas caían por el parabrisas y mojaban su Chevrolet rojo. Venía distraída mirando el horizonte hasta que vio algo que le llamó la atención: había una persona sentada en la vereda del parque en un día en que la lluvia amenazaba con quedarse para siempre. Chismosa o imprudente, no se sabe por qué decidió acercarse, con lo desconfiada que era.
-¿Te puedo ayudar en algo? ¡Te estás empapando! – le dijo a los gritos al demente que se encontraba mirando al suelo, mojado, mientras los árboles amenazaban con caerse. Él, (sí era un “él” y no un ella) subió la cabeza para observarla de a poco mientras se sacaba su capucha totalmente empapada para dejar al descubierto su castaño pelo.
-Sí… –le contestó algo desconfiado- ¿puedes acercarme a un lugar? Ella accedió sin siquiera pensarlo y cuando menos se dio cuenta él demente mojado ya se encontraba en el asiento del acompañante.
-¿Acaso estás loco? Por lo visto sos algo desequilibrado – Le reprochó
- Y bueno, todos tenemos algo de locura, ¿no? –le respondió él con una innata simpatía. Ahora que lo miraba bien tenía unos llamativos ojos miel que despertaban sus sentidos, una nariz respingada y barba que lo hacía ver desprolijamente sexy.
Luego de una charla que duró todo el camino, intercambiaron números de celular y él le agradeció miles de veces el gesto de haberlo dejado.
Ella, se quedó pensando en él, varias noches luego de ese día…en su simpatía innegable, en su sonrisa y en sus ojos que con sólo mirarlos la hacían sentir especial. Y empezó a imaginarse más de lo debido, como nos pasa a las mujeres, y llegó a la conclusión que él, en verdad le agradaba. “Estoy loca, apenas lo conozco y ya estoy fabulando” se decía para sí misma.
Y a medida que los días pasaban ellos comenzaron a retomar el contacto, mensajes van, mensajes vienen, salidas, una primera cita que ella jamás olvidará, en la cual lejos de ser la típica cena a la luz de las velas fue algo que ella jamás hubiera imaginado: una tarde en una confitería, en la cual luego de haber charlado un par de minutos llegaron los amigos de él para despistarla y para que pusiera en duda el interés de él hacia ella. Un día en el cual él compró un par de pulseras, colocando una en su muñeca y otra en la de ella.
Y sin darse cuenta el amor golpeó sus puertas y desde ahí todo había cambiado…
Se mandaban mensajes tiernos, se encontraban, se querían, se besaban…su primer beso fue con la luna como testigo, y eso ella jamás podrá borrar de su mente. Fue uno de esos días importantes que ustedes seguramente querrán conocer…
Quedaron en encontrarse a la noche y así lo hicieron. Charlaron de todo un poco, de la vida, de sus amigos, de lo bien que la pasaban, haciéndose bromas entre sí. Ella estaba tranquila a su lado, tranquila y feliz. Se despidieron luego de tanta charla y él se marchó. Ella quedó muy emocionada y lo primero que hizo fue conectarse en el msn. Luego de un par de minutos él se conectó y sí, como era de esperarse, se pusieron a chatear. Él le tiraba indirectas y le decía que le había quedado pendiendo un beso y ella solo sonreía mirando la pantalla y pensando en él. Él insistía hasta llegar al punto de decirle lo mucho que quería volver a verla esa noche, propuesta que ella sin pensarlo accedió. Inmediatamente se puso nerviosa, sus manos no paraban de temblarle, él sí que producía un efecto importante en ella. Para su suerte aquella noche hacía frío, por lo que podía disimular su temblor y estremecimiento.
Se volvieron a ver, ella ahora tapada con una manta verde y repitiendo constantemente “¡qué frío que hace!” lo miró con inocencia y él con algo de indecisión. Charlaron un par de minutos, como de costumbres hasta que él le hizo una pregunta que curiosamente ya había formulado por segunda vez y en medio de la contestación evidente de ella, le colocó un suave beso en los labios; uno de esos besos inesperados, en los cuales no se puede terminar de articular la palabra y ya está presente, volviendo el mundo al revés y dejando muchas dudas y sorpresa en la cabeza.
Y el beso no terminó ahí, ese sólo fue el primero de tantos. Pero el de ese día tenía su toque mágico, no sólo por ser el primero entre ambos, sino por ser sorpresivo y porque la luna y el frío creaba un ambiente mágico entre ellos, que se encontraban tapados con la manta verde. Ella pensaba en su mente mientras lo besaba…y se repetía constantemente “no tiembles más, no tiembles más”, y así lo hizo…el temblor desapareció hasta convertirse en una sensación rara de explicar con palabras.
Él le había dicho “me gustas” y algo que, hasta el día de hoy, ella nunca podrá olvidar: “¿por qué sos tan divina?”. Eso había terminado de convencerla…sí, él en verdad le gustaba, le gustaba en serio.
Pero como dice la frase “no todo es color de rosas”. Ella se sentía querida y comenzó a plantearse su relación…novios no eran, amigos tampoco, ¿entonces qué? Y su planteo no fue sólo a sí misma, sino para él también. Al principio pensó que le molestó la pregunta, la que mayoría de los hombres temen, el “¿qué somos?” pero luego se dio cuenta que no.
Y cuando digo no significa que había algo más…había un “pero”, había una traba, un obstáculo: él mismo. Él le había dicho que iban bien, despacio, que todo estaba bien, y al poco tiempo ese “bien” terminó en la nada. No buscaban lo mismo, no querían lo mismo por lo que se separaron. A él le gustaba salir, tomar, estar con sus amigos y nada más, esa era su vida; ella, más tranquila, salía con amigas a divertirse sanamente, a diferencia de él, cuya vida nocturna era diaria.
Tuvieron una despedida en su lugar habitual de encuentro, una despedida en la cual ella se percató que ya no era lo mismo del comienzo, que él la hacía sentir mal, que todo lo lindo que alguna vez empezó ya había terminado.
Empezó a buscar consuelo en sus amigas casi hermanas, se aferró a ellas de una manera increíble, y después de innumerables noches que pasó pensándolo y extrañándolo se dio cuenta que el tiempo en verdad cura las heridas, siempre y cuando ella ponga su granito de arena para seguir adelante. Y así lo hizo, cada vez lo pensaba menos, cada vez se sentía más y más estúpida por haber estado con él, cada vez miraba al pasado con menos recelo. Todo eso era posible gracias a su fortaleza que todo lo podía, su fortaleza y su orgullo; porque sí, tenía algo de orgullo, un orgullo que le hacía la carga más liviana pero que le jugaba malas pasadas a la vez. Hubo miles de veces que se mordió las ganas de mandarle un mensaje, de hablarle por el chat, y así lo hizo en algunas oportunidades, casi nulas, pero lo hizo. Sin embargo hubo mil y una más de veces que se puso firme y simplemente se quedó con las ganas, valorándose a sí misma de una manera notable.
Pensarán que él era casi perfecto para ella, cuando en realidad no fue así: no, indudablemente no cumplía con su lista de requisitos…él no era caballero, no tenía ojos verdes (aunque sí unos miel que la enloquecían), no era fornido y tampoco de buen corazón, era de los chicos normales, que miraban la vida en el hoy, sin pensar en un mañana. Eso, en parte le ayudó a ir arrancándoselo poquito a poco de su corazón, pues pensaba en cómo pudo haberse fijado en alguien así…en alguien como él. Sus amigas la ayudaron un montón también y así, ella, hoy, es una chica feliz, como cualquier otra, que valora las pequeñas cosas y la amistad por encima de todo.
Se preguntarán si la historia ya está cerrada por completo, y les voy a decir, mis queridos lectores, que NO. Esta historia se cerrará cuando ella conozca a su príncipe verde o a alguien que en verdad merezca su atención y su cariño; esta historia terminará cuando él no deje rastros en su corazón; acabará cuando ella entienda de una vez por todas que él no puede quererla como ella lo quiso alguna vez, cuando ante el más mínimo saludo que él le dedique simpáticamente a ella no le suceda nada de nada por dentro. Y sí, qué mejor frase para terminar que usar la que ella usa con sus amigas: “él todavía me puede”.
Él siempre seguirá siendo “Él” en esta historia, y ella, ella siempre será “Ella”. Debo confesarles que, a veces, me siento identificada con ella…
Maite.

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